Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Los inadaptados guardiamarinas rusos de Cádiz

El desconocimiento del idioma, una paga relativamente baja, la diferencia de edad con los compañeros, la falta de combate naval… y un gusto inútil que tenían los españoles por dar clases de baile socavaron la paciencia de estos estudiantes
Manuel Sánchez
24/11/2017
Cádiz

Si hubo un Imperio y una patria en los tiempos modernos, mal que les pese a algunos, fue la Madre Rusia. Un imperio sostenido durante tres siglos por la familia Romanov, desde 1613 con la coronación de Miguel I y que duró hasta la Revolución de Febrero de 1917, que obligó a abdicar al Zar Nicolás II.

Una patria construida por grandes gobernantes y peores mandatarios, que vio transcurrir sus mandatos a la vez que el gigante crecía. Un gigante hueco. Lleno de modismos arcaicos. Un gigante que entrado el siglo XX seguía manteniendo la esclavitud, contando entre los bienes de la nobleza el “número de almas” que poseía cada propietario.

El primero que se dio cuenta de los problemas de Rusia fue Pedro el Grande (1682-1721). Un hombre de otro tiempo (nunca mejor dicho). Se travistió de marinero y viajó por Europa hasta recalar en los Países Bajos para trabajar y conocer de primera mano como construían barcos sus magníficos carpinteros de ribera. Porque bien sabía Pedro que el futuro de Rusia estaba en el mar. Un país tan vasto era inabarcable para el comercio por tierra y no tenía un puerto que comerciará directamente con Europa, una salida y entrada a la riqueza que provenía de América. Y creó San Petersburgo.

Pedro lo tenía muy claro. El mar era la única expansión posible para Rusia. Por ello, y decidido a crear un imperio en el mar, escogió a los más talentosos jóvenes de la aristocracia rusa para enviarlos al mejor centro que existía en el mundo en el conocimiento de la mar, la vanguardia de los estudios náuticos, donde se adiestraba la élite que gobernaría el comercio y la guerra: La Real Compañía de Caballeros Guardiamarinas, que se emplazaba en Cádiz.

Fueron 22 los jóvenes que Pedro envió a Cádiz. Llegaron a Cádiz un 5 de julio procedentes de Málaga, dando entrada en el libro de guardiamarinas el 15 de agosto de 1719.

La intención era familiarizarse con las cartas náuticas e instrumentos de navegación, aprender de construcción, de navegación y de combates. Convencido de que la marina española era la vanguardia del mar, creyó que de aquí saldría la savia nueva que regeneraría Rusia.

Sin embargo, llegando como llegaron en un cálido verano a una ciudad de ensueño, la empresa fracasó.

Un mes después de la llegada enviaron una carta solicitando que tramitaran sus bajas en la compañía y ser reintegrados al servicio activo en su país. Varios alumnos sufrieron percances. Uno murió a los 9 días de iniciar el curso. Otro sufrió enajenación mental, por lo que tuvo que ser apartado del estudio. El desconocimiento de nuestro idioma, una paga relativamente baja (2 rublos y medio mensuales para pagarse todo), la diferencia de edad con los compañeros (la media rusa era de 22,5 frente a los 16,5 de los españoles), la falta de combate naval… y un gusto inútil que tenían los españoles por dar clases de baile y estar “dando saltitos” terminó por socavar su paciencia.

Dirigieron una carta a su ministro implorando la baja en la real Compañía y a finales de 1719, al leerla en el Almirantazgo, se confirmó la baja. Los 20 marinos rusos abandonaron Cádiz el 28 de febrero de 1720 con destino a otros países: Irlanda y Holanda.

El por qué no disfrutaron de Cádiz y de la Compañía aún sigue siendo un misterio. Porque si te lo ofrecieran a tí querido lector… ¿Tú te quedabas, verdad?

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